domingo, 7 de febrero de 2016

SPOOTLIGTH: Lecciones de periodismo

Filmada en 2015, protagonizada por Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber y Jhon Slattery, acaba de alzarse con el premio de la crítica en los Estados Unidos y sigue dando de qué hablar, es Spootlight la película de Thomas McCarthy que cuenta la versión dramática de una profunda investigación que publica en el 2002 el periódico Boston Globe, destapando el peor escándalo de corrupción y pedofilia amparado por jerarcas de la Iglesia Católica en Estados Unidos.

Fue tal la denuncia que las réplicas en el mundo aun tienen eco en el vaticano, varios sacerdotes se encuentran presos hoy en día, otros descaradamente siguen protegidos. La visita del Papa en septiembre del año pasado a los Estados Unidos, incluyó en su agenda a las víctimas de Filadelfia, en varias reuniones. La noticia, en su momento, es el soporte de la cinta y por su puesto la forma en que estos periodistas de investigación asumieron el rigor de lo que llegaba a sus manos. Cabe aclarar que si hablamos de periodismo, la historia es lo de menos, el olfato de una buena "chiva" se ha ido perdiendo con el tiempo, pero es el tratamiento de todas las noticias lo que hace una verdadera diferencia entre periodismo y creer que se hace periodismo leyendo un periódico en la radio.


Spootlight recoge como ficción de la realidad el drama de sus protagonistas y hay que decir que el respeto por el desarrollo de la historia y la práctica con que aparentemente se dieron los hechos, es inigualable. Hay que decir también que, aunque cualquiera que sienta que es periodista debe saberlo, la cinta deja varias lecciones sobre lo que se debe hacer con una noticia de ese calibre o cualquier otra.  A propósito del día del periodista en Colombia, Spootlight le manda un mensaje a los que andan por ahí trabajando en medios y dándoselas de periodistas. Eso si, que no les pase lo del Abrazo de la Serpiente, hay que verla primero y luego conversamos:

1. Las fuentes: No sólo son sagradas, son indispensables. En la cinta cada uno de los periodistas tienen sus fuentes muy claras, conversa con ella, se toma un café, pero no intiman, son cercanas, confiables y discretas pero jamás se involucran en la pulcritud de la redacción. No son una sola fuente, hay contraste permanente y obviamente en la cinta no vemos que van a desayunos o reciben regalos a fin de año. No vemos que las fuentes son sólo el comandante de la policía o tres pelagatos que pasaban por ahí, las fuentes son un directorio, te confirman o te niegan, tienen el nivel y la altura para hundir a alguien, pero la discreción para confirmar lo que todos omiten.

2: La rigurosidad sobre el escándalo: Algo impresionante es ver la prudencia del manejo de la información, no por querer tener algo caliente entre manos o sentir la amenaza de no ser una noticia exclusiva o la presión de otro medio, debe correrse a publicar. Gabo decía que en el periodismo no se trata de quien publique primero sino que quien lo haga mejor. El equipo del Boston Globe tenían una historia berracamente dura, de alto impacto y consumo y justamente por eso, la rigurosidad exige el tratamiento de la misma. Todos los días hay rectificaciones, incuso en medios como los nuestros jamás se dan. Tan es así que en la cinta, se muestra cómo hay un respeto por las víctimas, los hechos desgarradores tienen una descripción detallada, descarnada, hablamos de niños abusados cientos de veces por tipos en los que ellos creían Dios intercedía, con necesidades sociales en sus familias y lo que usa la cinta como recurso, al igual que el texto periodístico, es solamente la voz del doliente, no hay flashbacks sugerentes, ni imágenes a blanco y negro con un hombre de espaldas, hay el poder de una voz múltiple, atravesada por el dolor, ultrajada, referida en una pulcra nota de prensa donde la realidad habla por si sola. 



El equipo del Boston Globe al recibir la noticia del Premio Púlitzer por su trabajo en el caso de pederastia en Boston.


3. El cuarto poder: La escena memorable donde todo el pool de Spootlight se reúne con Martin Baron, interpretado por Liev Schreiber, deja notar lo que verdaderamente es ejercer el poder del periodismo. Nadie lo puede cuestionar, por eso es que los poderosos se mueren por tener medios de comunicación, para manejar a su antojo elecciones públicas y opiniones, los medios de comunicación son el cuarto poder, pero el periodismo es su código de ética. No es denunciar una práctica pedófila de un cura, ya es grave de por si, es una reacción sistemática y repetida de un conglomerado que habla por otros, que tiene relevancia en la sociedad y es el ejemplo de la moral el que está carcomido por dentro. Es mirar la historia en el contexto indicado. No es denunciar que hay abusos con niños al interior de esta u otra iglesia, es ver todo lo que hizo la denominación completa de una ciudad por proteger ese secreto y quien sabe hasta que instancias más pudo llegar. Así es para esos temas que atraviesan nuestras esferas como espadas frías y a los que nos acostumbramos con pavor. Recuerdo que un taller de periodismo en Cúcuta le preguntaron a los asistente "¿cuantos cubren conflicto armado en sus medios?", la gran mayoría alzaron la mano. En la segunda pregunta ninguno pudo sostener la vergüenza: "¿cuantos fueron a los juzgados a escuchar el testimonio de los paramilitares?".

4. La agenda: No es secreto tampoco que mucho del periodismo que se hace dista de una agenda de contenido real. Es cierto también que el lector cada vez es más difícil de enamorar y eso hace que muchos medios, grandes, medianos, pequeños y diminutos, sientan que el periodismo de profundidad, la investigación, es sólo una perdida de tiempo, un mito romántico del que vivió el periodismo. Lo verdaderamente cierto es que sí existe un público para este tipo de trabajos, hay un sin número de premios que lo estimulan en muchas lineas y sobre todo una necesidad de que la gente vea más allá de lo que le proponen. Si no hay ese público el mismo medio puede generarlo, de eso se trata. Sin elecciones es imposible crear un criterio. El mismo Boston Globe aplazó la avanzada investigación que llevaba por los sucesos de las torres gemelas, pero incluso, siendo la agenda de los nuevos dueños la prioridad de la guerra contra el terrorismo, la persistencia y la necedad fueron triunfantes.

5. Periodismo de la calle: Los de Spootlight tecleteaban con afán en sus redacciones para ir a hacer cola en un despacho o caminar interminables cuadras buscando a los verdaderos protagonistas y narradores de las noticias. Nada de Google, nada de Twitter, que no tienen nada de malo, pero ahora son los sitios donde los periodistas prefieren gastar sus zapatos y no en las calles. No me salgan con que es una nueva forma de investigar, no es en la sala de redacción donde están las historias.


6. No hay heroísmo en la realidad: Todos los periodistas de Spootligth siguieron luego del escándalo en sus medios, tomaron el metro para llegar a casa y bebieron los mismos litros de café diario. Siguieron destapando cosas, investigando, con su oficio. Ahora la historia y el fantochismo de hollywood les hace mojar prensa, pero no los ve uno creyéndose artistas, o gente especial como ocurre con tanta frecuencia.

7. El periodismo se debe a su gente: No hay nada más abominable que una prensa que no hable de su realidad, de su entorno, que mire a las estrellas para disimular el olor a podrido. Por eso es que muchos creen hacer periodismo sin ser periodistas. El Boston Globe, a pesar de estar dentro de la nómina de un poderoso medio y con la certeza de que su historia no era la única en el mundo prefirió narrar bien lo que pasaba en su comunidad y destapar así una abominable práctica de mayor envergadura. La gente que te lee, que te mira y te escucha como periodista quiere saber lo que pasa en su comunidad, con verdad, con equilibrio, quiere tener de dónde poder elegir y opinar. Mal hace cualquier medio en acomodarse a las realidades y las víctimas, al prejuicio, a buscar cómo quedar con todos bien. A evitar hablar del descaro de una universidad porque te vende pauta o mantener el bolsillo tranquilo mientras los políticos se engullen la ciudad. La valentía es también un valor de las noticias. Lo demás es un recuento de sucesos, el que mataron la noche anterior, el robo de la esquina, la cámara del supermercado, eso carece de vida, es un mero registro, una anécdota sin trasfondo donde ni siquiera se le contrapregunta al que lo dice. Contar la historia común no es un desprecio mental, la narración de lo cotidiano merece el rigor del periodismo y el que lo lea debe apuntar por un periodismo sin acomodamientos, duélale al que le duela.

Dice Alberto Salcedo: "No hay que confundir periódico con periodismo. Los primeros suelen acabarse cuando no les funciona la parte mercantil. El periodismos es una necesidad social y como tal sobrevivirá aunque no exista ningún periódico". Feliz día periodistas.



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Más:

El Boston Globe hace un completo resumen de la historia detrás de la historia http://www.bostonglobe.com/arts/movies/spotlight-movie

Entrevista a Martín Barón via @portafolioco http://m.portafolio.co/economia/entrevista-martin-baron?tamano=grande


jueves, 14 de enero de 2016

TRUMAN: De la amistad y de la muerte

Por: Isaias Romero
@yopoetrix        

La muerte es tan común en el cine que fácilmente podemos pensar que ni siquiera es un tema. Hay millones de películas que abordan esas perspectivas de temor, de dolor, de placer que puede generar la muerte y sin embargo muy pocas podemos decir, hacen bien el trabajo de reflejar en medio de la tragedia, la tranquilidad que se supone da ese siguiente paso. En la película del director español Cesc Gay, Truman, donde intervienen de manera brillante dos grandes actores,  Ricardo Darin (El Secreto de sus ojos) y Javier Cámara (Hable con ella), hay una escena donde Julián (Darin) quien morirá pronto a causa de un cáncer y Tomás (Cámara) quien ha decidido venir a visitarlo para persuadirle de su seguro suicidio, le pregunta en la madrugada, vía telefónica, si ha pensado quien le gustaría que lo recogiera cuando se encontrará a las puertas del fallecimiento. La pregunta fruto de la lectura de un libro que Julián le ha regalado a Tomás con algo de ironía (le dice que es una guía de viaje como si se fuera para Pekin), provoca, en medio de la confusión del recién despertado, que Tomás responda ver a su madre recibiéndolo en ese momento. Julian por su parte aunque reconoce que no tuvo la mejor relación con sus padres, se sentiría seguro si su papá es quien lo recibe y le devuelve un poco de esa ausencia que se denota en el diálogo. La escena no deja de ser conmovedora, es el dolor y la fatalidd la que extrae de nosotros cosas que no pensamos jamás. La visita de Tomás, quien viene desde Canadá a ver a su amigo moribundo y el dolor oculto de Julian por saber quién finalmente adoptara a su amado perro, Truman, un viejo Bullmastif, son el centro de una narración humana, con un humor cortante y fino que seguramente será la película del año en España;  ya se alzó con varias Conchas de Plata y va camino a los Goya como segura ganadora.


Julián y Tomás tendrán un reencuentro de años de separación. Esos días estarán lleno de memorias inaudibles, dirán tantas cosas con la mirada que el espectador se sentirá en medio de un dilema de dolor y alegría. Esto es reforzado con chispeantes chascarrillos de humor, notas veloces de comentarios que harán brotar la risa del espectador y rápidamente desaparecerán ante lo que se está viviendo. Encontrará además, algunas previsibles acciones, el final se intuye desde muy temprano, una hermosa economía del lenguaje, la naturalidad en todas las actuaciones que removerán las fibras internas de cualquiera y harán repensar lo que asumimos como la muerte y todo el mercadillo y protocolo a su alrededor. 

Si bien la enseñanza común es que debe pelearse hasta morir, Julián es un poco más realista y cree que ante un cáncer inevitable que le consume, lo mejor es ahorrarse el sufrimiento propio y de quienes quiere. Siente también que los demás han asumido su muerte de muchas maneras, algunos lo evitan, otros lo celebran, otros le perdonan sus andanzas de actor y sus desenfrenos, pero sobre todo condonan todo lo ocurrido y él lo siente tan punzante como una aguja en su piel. Es una película sobre la amistad, pero es también una película sobre la libertad, sobre la realidad apabullante y sobre las cosas inevitables de la vida.


Tomás es el personaje de la película, es el que conduce la historia, el que llora poco, el que tiene una especial prudencia para todo. Tiene en Javier Cámara (¡que apellido para un buen actor!) la mejor de sus expresiones, y es una costumbre además, muchas de sus intervenciones han sido impecables bajo la batuta de directores como Almodovar o Cuerda.  Es quien ayuda a que la cosa sea más llevadera y quien no asume la decisión de su amigo Julian desde la visión del juicio o la condena. Sabe lo que va a pasar y no huye. Nos lleva con valentía, que él niega, a través de una realidad humana e ineludible.

De izquiera a derecha el director Cesc Gay y los actores Javier Cámara, Ricardo Darin y Dolores Fonzi durante el rodaje de Truman.

En una entrevista para El Tiempo (@ELTIEMPO), Cesc Gay indicó que fue Darín quien se hizo cargo de Truman, el perro en realidad se llama Troilo y murió semanas después del rodaje, y que ese amor por los perros logró una conexión con todos los miembros de la producción, facilitó un rodaje en el que el viejo canino no soportaba más de tres o cuatro horas de grabación. Ha dicho en otros medios que si la historia fuese de la amistad de dos mujeres seguramente sería otra película (@el_pais) y que vivió en carne propia un camino cercano a la muerte de un familiar así como Julian y Tomás.


La muerte es pues el tema de #Truman, lo hace de una manera tan delicada que a veces se siente que no es una tragedia lo que pasa. No hay una banalización como ocurre en tantas oportunidades, no hay efectos, no hay intermediarios, no hay lamentaciones. Hay, eso sí, una narración memorable, una visión afable del dolor y una película que trascenderá la popularidad. 

miércoles, 6 de enero de 2016

TERAPIA EN BROADWAY: Una carrera al cinismo

Por: Isaias Romero
@yopoetrix

Arnold Alberston, interpretado por Owen Wilson, es un director, casado con una actriz y sus hijos están creciendo. Alberston está a punto de iniciar una nueva obra en Broadway y como siempre continuará con su extraño pasatiempo: tratar de cambiarle la vida a las prostitutas que conoce con un acto generoso entregándoles 30 mil dólares para que dejen su oficio. Alberston pretende además no volver a verlas nunca. Hasta ahí aparentemente no hay lío, muy rara vez coincide con alguna, pero en el último encuentro la elegida resulta siendo la actriz de su próxima obra en la que interpretará justamente a una meretriz.  Hay que agregare a este lío que su esposa será la actriz protagónica y ni ella ni la acompañante se conocen. Éste rollo se desenvuelve en el corazón de Nueva York, específicamente en Manhatan, la calle Broadway, donde se presentan todos los espectáculos representativo del cine y el teatro norteamericano, ese ícono que conocemos por las pantallas gigantes.


Terapia en Broadway (su traducción es algo así como Ella es divertida a su manera) no es una película de Woody Allen aunque lo parece por todos lados y la crítica ha opinado así en muchas reseñas. Su director es Peter Bogdanovich, un interesante personaje de las entrañas mismas de Hollywood, que fue crítico de cine en su juventud, además de actor y un prometedor director que llevó a las pantallas algo llamado como La última película, una cinta exitosa que fue elogiada por la crítica en los años 70. Bogdanovich tiene 76 años y no ha grabado en los últimos 14 años. Estos elementos hacen que Terapia en Broadway no sea una película que deba pasar inadvertida. La relación con Allen es quizás alimentada porque en muy pocas oportunidades encontramos un estilo de narración en el que las historias se cruzan y la particular percepción de cada personaje coincida con madurez y no a la carrera. Los intentos fallidos esos si que abundan. Pero Bogdanovich lo logra.

Con diálogos hilarantes, con un apretar de nalgas permanente deseando que no pillen al protagonista, con las neurosis de los protagonistas (todos pensando y viendo el mundo a su manera) haciéndonos reír, poco a poco las cosas se vuelven insostenibles y en la medida en que las verdades van saliendo a la luz, el cinismo y la complicación hacen de ésta una cinta entretenida y divertida gracias a la revelación de los participantes en una locura colectiva. Todos terminan unidos de alguna manera, Jennifer Aniston con una psicótica y deliciosa interpretación, el mismo Owen Wilson con unas muecas que no sobran como en otras actuaciones, Kethryn Hahn en un papel que la saca de esas actuaciones de segunda que ha realizado en televisión y un descaro fabuloso en la interpretación de Imogen Poots harán de los minutos de la película una verdadera oxigenación.




No hay nada mejor en éste tipo de historias que esperar porque todo se conozca al final y la alegría y tranquilidad retorne a la vida de sus atormentados personajes, pero, es, sin lugar a dudas, un espacio festivo y jovial para apreciar una historia casual. No entristece ni se rebana los sesos en su apreciación, esto, bien realizado, hace que a veces el cine proco profundo también cumpla su objetivo.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

EL LIBRO NO LIBRO

Sobre la polémica con el Libro Troll

Por: Isaias Romero
@yopoetrix



En el texto que aparece en la resolución 86437 de 2015, la Superintendencia de Industria y Comercio ordena a la Editorial Planeta que debe incorporar de manera inmediata en la carátula de El Libro Troll, un aviso de advertencia en el que “se indique de manera visible y fácilmente identificable que el contenido de éste libro no es apto para niños, niñas y adolescentes”.  En el texto publicado en la web de la Superintendencia se va un poco más allá: se aclara que de acuerdo a la portada, el tipo de letra, el color empleado y los dibujos, pudo establecerse que era un libro dirigido a niños, niñas y adolescentes e incluso señala que la Dirección de Investigaciones de Protección al Consumidor, de esta entidad, después de un análisis “acucioso”, es decir  diligente o vehemente según la Rae, en el contenido del texto se encuentra “material  sexual, violento e incluso nocivo para el desarrollo de los menores” y de esta manera considera que el contenido no es apto para las niñas, niños y adolescentes.
 
 



He tratado de entender los alcances de ésta medida desde varias perspectivas y hay varias cosas que pueden definirse con mucha seguridad. La primera es que quien o quienes entablan la denuncia ciudadana, tiene el absoluto derecho de querer proteger a su familia o a sus hijos de las miles de amenazas que existen en el mundo y no sólo en las librerías. Si hay algún contenido que consideren como padres de familia inapropiado para sus hijos, simplemente no debe comprarse. En éste caso parece ser que una madre inició la denuncia en México, después de que a su hijo le fuera obsequiado el libro. Ahora bien, esa preocupación también debería extenderse a otros contenidos en medios digitales, en los smartphones, en el internet, en la televisión y en tantas otras fuentes a las que están expuestos los adolescentes o niños hoy y que de alguna manera los padres de familia facilitan a sus propios hijos. Sé de jóvenes que tienen planes de datos más poderosos que sus propios padres y no nos digamos mentiras, a veces ni siquiera sabemos con quién, de qué manera y con cuál lenguaje se comunican nuestros hijos con sus amigos, con extraños o con el mundo. 


Lo segundo es que la medida que toma la Superintendencia obedece sustancialmente a una protección al consumidor. La réplica en medios de comunicación ha apuntado hacia una censura al libro, elemento que de entrada le favorece aún más, por aquello que lo prohibido siempre llama más la atención: díganle a un joven hoy en día que ese libro no se puede leer, que está prohibido, a ver qué pasa. La medida busca que se le advierta al consumidor que ése libro en particular no es apto para menores de edad, esto se advierte con mucho otro material sin que realmente se proteja a los jóvenes o a los niños de una exposición al peligro, pero si como el deber de las entidades por proteger a los suyos. De alguna manera si hablamos de consumo eso es lo que hay que hacer, lo que es bastante dudoso es salir con un comunicado de prensa y regodear que se han tomado acciones contundentes; no es nada creíble: miles y miles de discos, películas, juegos de video o páginas web, llegan a manos de los jóvenes por otros medios sin ningún tipo de restricción o control por parte de autoridades y mucho menos de padres de familia con contenidos más perjudiciales.

Ruben Doblas Gundersen, aparece como el autor del El Libro Troll. Es un youtuber español de 25 años, que ha causado furor en redes sociales. Aparece en el ranking de los 20 canales más visitados en el mundo con más de 14 millones de seguidores, por encima de figuras como Bruno Mars o David Guetta.


Lo tercero es que la medida, y esto sí me parece sin precedentes, es que la misma Superintendencia admite que leyó el libro y consideró que su contenido está cargado de un material nocivo para los jóvenes y lo que es peor, lo hace público. Hay que pensar en medio de todo esto que si un ente del estado que acorde a la constitución debe garantizar las libertades para todos y está en función de proteger a los consumidores, poco o nada hace con un anuncio de estos, salvo alimentar una curiosidad y satisfacer los ánimos inquisidores de algunos sectores. No está mal proteger a los niños y a los jóvenes, es una obligación, pero hay que hacerlo de manera real, más allá de los medios de comunicación, bastaría con preguntarse ¿qué medidas se han tomado frente a otros casos más aberrantes y desproporcionados sobre la forma en que los jóvenes y los niños “consumen” o tienen acceso a ciertos productos? Es contradictorio que el Estado, al que pertenece la Superintendencia, pretenda aumentar los índices de lectura en el país motivando a los colombianos para que lean más libros y por otro lado promueva un aire de censura a los libros como objeto. Ésta no es una defensa a un libro bobo e insulso, sin ningún tipo de aporte para sus lectores, pero no es prohibiendo como se resuelven estos asuntos o dejando por ahí que si alguien o alguna entidad considera peligroso un contenido de un libro pueda anunciar públicamente que lo es, en nombre del Estado. Las últimas veces que oímos hablar así lo siguiente fue encarcelar o asesinar a la gente por lo que pensaba. Hablamos de entregarle a los lectores aquello que libremente quieran leer, de dar opciones de lectura suficientes como para desarrollar aquello que realmente forma un criterio lector y que justamente evaluará este polémico libro como algo tonto y no tener a una Institución diciéndolo así y decidiéndolo así.  

Lo cuarto y que genera más preocupación es el viso de censura para un libro, nada más ignorante. Lo quinto es que ése libro realmente sea literatura, nada más vergonzoso. Decía Alberto Salcedo sobre cierto tipo de vallenato: “tiene acordeón pero no es vallenato” y ese libro, con todo seguridad, está impreso pero no es literatura. Y de este tipo está plagado del mercado; contenido inapropiado el de miles de libros que atentan contra la inteligencia de sus lectores, que se ufanan de la futilidad, que engordan la flacidez en el carácter y que sobre todo venden la vida como algo práctico lleno de fórmulas y magia.  Esa sanción moral que queda por allí no aplica para la industria, la editorial o cualquier otra, que no piensa moralmente y que no lo tiene en cuenta para nada.

Nuestros jóvenes y nuestros niños no pueden seguir pensando que el mundo es un lugar al que no deben enfrentarse, la realidad siempre se encargará de refutar lo contrario de manera aplastante. Es tan terrible lo que ocurre fuera de los hogares que el temor de los padres es entendible, sin embargo, no pueden estar encerrados y muchas veces es peor el infierno dentro de las casas. La tarea no es determinar si el contenido de éste u otro material es inapropiado para los jóvenes o niños, creo que sería una tarea inútil en la que tendríamos que restringir casi todo a lo que tienen contacto, creo que no se trata de hacer brigadas de prohibición y blandir las espadas de la moral tan vapuleada incluso por nosotros mismos, creo que la cosa es más por donde dice Yolanda Reyes en una entrevista a la revista Semana: “A muchos niños lectores que conozco no les interesaría un libro así de tonto porque han podido formarse. El problema es cuando no tienen sino este tipo de libros. Ahí insisto en el rol de padres, maestros, bibliotecarios y medios de comunicación. Pongamos a circular lo que nutre el criterio. Conversemos con los niños como los interlocutores sensibles y geniales que son. El humor, la inteligencia y las opciones son la mejor superintendencia para que un lector aprenda, desde niño, a separar el grano de la paja” – y tiene toda la razón.

A veces pareciera que nos gusta la represión y sentir que la cohibición es una acción real y valiente para los temas a los que no queremos darle la cara y que dependen en muchos casos de las familias y del papel cada vez más distante que asumen en la protección de los hijos. No es la Superintendencia la que da el criterio para que un libro sea leído o no sino aquello que se ha trabajado en casa para que el criterio sea fuerte ante las debilidades de la sociedad, en la misma escuela incluso.  


Toda esta publicidad gratuita, por cuenta seguramente de un buen ideal, me imagino que ha favorecido enormemente a la editorial y al autor. ¿Qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes y niños tengan un mejor criterio frente a lo que ven y lo que observan? No es un tema de prohibiciones, ni de advertencias, es un tema de relación, de comunicación, de composición familiar o simplemente de comportamiento lector. Lo que asusta es pensar que un ente estatal, después de leer un libro, pueda determinar que es malo para cierto sector de la sociedad, así esté pensando en protegerlo. Eso es amenazante de alguna manera. Por mí que quiten todos esos libros del mercado pero esto sólo generarán más atracción y por otro lado no protege a nadie; lo que si establece en cambio, es la equivocación de pensar que hay cosas que deben leerse y otras que no.  El acto de lectura es un acto de libertad así sea con un mal libro, sólo la variedad de la lectura genera un verdadero criterio, no los temas. Si un joven lee el libro Troll y va corriendo a pedirle a tres personas que le dibujen un pene o gime como un animal en celo mientras otros lo miran o le escribe a su mama en WhatsApp que ha conseguido 40 gramos sólo por ver sus reacciones, ¿será que realmente el problema es del libro?

domingo, 28 de junio de 2015

TRES CORAZONES: ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO


Por: Isaias Romero P.
@yopoetrix

Las primeras películas que recuerdo haber visto de cine francés llegaron bastante tarde en mi vida. Nos encerrábamos bajo la batuta del diestro y consumado cinéfilo Fabio Medellín en los teatros de los cinemas en la avenida chile, recibiendo unos cursos de apreciación de cine junto a un montón de gente. El grupo se iba haciendo más pequeño película tras película. El resto de cintas, para poder decir que he visto cine francés, fue en los cursos espontáneos y nada programados en la casa de Javier Bosch, que después eran reforzados en charlas prolongadas con vino, aceitunas y maní. Allí vi a Rohmer y otras historias de amor poco convencional que eran un deliete, una aproximación maravillosa e ingenua a un cine de factura y logros en argumento.


Luego del cinema Chile y las visitas a Bosch y sus perros, era de esperarse un despertar por  devorar cualquier cinta que conservara esa guturación suave en los vocablos franceses. En todas ellas, salvo excepciones fatídicas, el cine francés deja muy poco para la duda. Yo creo que se han puesto de acuerdo los directores para conservar en su cine, eso que Isabelle Giordano, la directora hasta 2014 de Unifrance, la agencia de promoción del cine galo, ha llamado su mejor embajador en el mundo. 

 

Sin embargo, no todo el cine francés es bueno, valga decirlo. He visto experimentos de coreografías violentas e historias inconcebibles y sin fundamento en un lado oscuro del cine comercial francés despachado para América, y del que facilmente se pierde la fe por encontrar una buena historia. Ya Javier no anda por allí para recomendar alguna. Se aprende, además que no hay que esperar nada diferente al asombro cuando se tiene entre manos una historia de amor y es Tres Corazones una película de amor y casualidad que te hace creer en los primeros minutos que estás frente a un culebrón, pero no lo es. Aunque viéndolo bien no tendría nada de malo si el culebrón es bien llevado. Pinta como una historia tradicional en la que la fatalidad del amor a primera vista se anticipa en la primera media hora. Pero duele tener que decirle al espectador algo más de la trama sin tener que contarle los pormenores de una historia bien dirigida; haremos un intento.


 

Benoît Poelveoorde, interpreta al pobre Marc, un supervisor de impuestos a quien el trabajo le ha robado la vida, la felicidad y buena parte de la salud gracias al estrés y al cigarrillo. Así ame a todas las mujeres que conoce, su corazón débil nos advierte sin sobresaltos, que las emociones le dominan. Pierde un tren en algún pueblo de Francia, lo lamenta con saña, y buscando dónde quedarse se topa con Sylvie, interpretada por Charlote Gainsbourg, de quien siente una paz que sólo respira el amor a primera vista. Deambulan toda la noche, juran volver a encontrarse sin direcciones ni teléfonos, sólo en la promesa de un parque que espere por ambos unos días después. Sylvie sale corriendo de la estación donde lo ha dejado y de la vida de su prometido, camino a la felicidad en una banca de Paris. Marc huye del trabajo, la emoción le cobra un desmayo y pierde la cita, asi como la oportunidad de hacer una vida feliz y anhelada con su nuevo amor. Ambos, deglutiendo su tragedia, vuelven a la vida que es debida. Sylvie reconciliada con su prometido prepara un viaje a Estados Unidos y Marc, como a nada, quiere volver al pueblo francés detrás del aroma de Sylvie. Ella viaja alejandose por un buen tienpo y él, en la búsqueda, encuentra en el mismo pueblo y por las mismas calles a Sophie, interpretada por Chiara Mastroianni, quien le devuelve la esperanza del amor y se convertirá en esposa y madre de su hijo, en una absoluta felicidad que sería perfecta sino fuera porque Sophie y Sylvie son hermanas. Marc se niega a comprobarlo hasta cuando es inevitable y Sylvie se traga una mezcla extraña de odio, amor, lealtad y lástima, que no le brota por los ojos, sino hasta cuando es bien tarde para arrepentimientos. Hasta aquí puede parecer una burda telenovela pero estaríamos insultando unas locaciones espectaculares, la delicadeza en cada gesto de Sophie, la mirada perdida de Marc, los imperceptibles gestos de Catherine Deneuve, madre de ambas miserables, quien con el papel más monosilábico de su carrera logra un culmen diciéndole al espectador que sabe todo lo que pasa sin pronunciar una palabra. Hasta aquí diríamos que asistimos a un drama convencional de no ser porque pasan los años y la pasión se vive en cada incertidumbre de Marc en cada encuentro con su cuñada, de no ser porque toda la película Benot Jacquot, su director, nos han advertido de los problemas del corazón de Marc que ignora el espectador por centrarse más en el desenlace y de no ser, obviamente, por un manejo de cámaras casi que premonitorio, donde te dicen qué es lo que quieres ver y acierta con precisión, como moviendo la cámara con la cabeza. El remate es una banda sonora que hace sentir todo esto como un thriller. 


Tres corazones es también una historia de lo fortuito, de la seguridad del destino aferrada a lo absurdo y por su puesto una historia de amor quilibrada y justa, por donde se mire (no todo puede ser felicidad). Tiene, además, trazas de honestidad en debates breves de sus protagonistas secundarios que entran y salen como sin querer, afirmando aún más el dolor de sus protagonistas. Verla es mirar la vida del vecino sin saber que sufre tanto. Una película oxigenante, llena de prados apacibles, de tráfico imperceptible y de ríos hermosos pero inaudibles, preparando cada una a su manera lo más doloroso de la vida misma, vivir.

lunes, 1 de junio de 2015

ORACIÓN

Conduje mi carruaje hasta los imperios del poniente
más una rueda siguió girando para siempre

- Alvaro Ortiz del Solar


Alguna vez fui un niño.
De eso casi no me acuerdo.   Se me anudan los pasos entre una puerta y el árbol grande frente a la casa incendiada.

Sé que no fui agraciado ni inteligente, solo me quedaba detenido viendo como las plantas se asustaban escuchándome hablar de mi reloj biológico detenido a la una y cincuenta y cinco.

Una vez me vomite después de hacer copia en un examen y otra vez di un beso acelerado, detrás de un columpio en movimiento y aun siento como se secan mis labios al decirlo.

Sé que esas escaleras que tengo construidas desde hace varios años, atrás en la casa, no conducen hacia ningún lado y sé también que muero por oír el sonido de una bala atravesando los tejidos viscosos de mi cerebro, tan cargado de recuerdos que ya se han ido marchando, despertando de sus tumbas.  A la sombra de un árbol leí un libro que me cambió la vida y años después lo odié con rabia excesiva por ser malo y estúpido.

Mi madre me cantó boleros, tengo unos hijos precioso y antes de levantarme, aunque a esa hora ya una parte de mi está bien levantada, me detengo a entender porque sigo tan atado a todo, porque sigo tratando de ver el mundo por los lentes del astigmatismo, porque no estoy caminando en una carretera fría o sirviendo tragos a borrachos en algún rincón del mundo, digo, por qué no estoy follando con una modelo, escupiendo a un policía o buscando la forma de que alguien me dé una paliza y calmar este dolor inútil de la existencia tensa y aprisionante.

Una vez ponga el punto final, tendré que apagar el computador, (hay que ahorrar energía) y subiré las escaleras hacia la nada, encenderé el televisor y una mujer grande de tetas fornicará hasta con su sombra.  Ahí antes de dormir sentiré un impulso que tendré que calmar, doblaré las alas bajo la cama y miraré el techo hasta que me sienta vencido por el sueño del cual todos hacemos parte irremediable.  Me diré  tonto por pensar esas cosas y luego me sentiré mal de seguirme reprimiendo.

Pediré, no sé a quién, que amanezca muerto y feliz.